Capítulo XIII (segunda parte)
Pasaron las
horas, y Rosa comenzaba a estar cansada de pasearse en bata por los pasillos
del hospital. Los otros pacientes también se impacientaban porque no recibían a
tiempo sus calmantes y medicamentos, dada la escasez de Enfermeras. “Esta
maldita huelga tiene que ser obra de Pushkin y de su pandilla de
revolucionarios. No veo la hora de encontrar a Azul, sonsacarle mi signo y
luego denunciarlos a todos por agrupación ilícita”.
El mal humor de
Rosa iba en aumento cuando el móvil de Sinclair sonó. Corrió entonces de vuelta
a su habitación, contestó la llamada y apretó fuertemente en teléfono entre su
oreja y la almohada para que nadie más pudiera escuchar la conversación.
–¿Estás allí?
–Sí… ¿Por qué
has tardado tanto? ¿Lo tienes?
–¡Claro que
lo tengo! Y perdona que no te llamara antes; decidí esperar a que llegara la
hora en que mi padre se va a atender el restaurante y comienzan las tertulias
que ve mi madre en la televisión. ¿En qué parte te quedaste?
–El espectáculo
de Geppetto había acabado, y él empujaba su carromato después de haber
discutido con Azul.
–Espera, aquí no es… Aquí tampoco... ¡Lo
tengo! ¿Estás preparada? Pues sigamos con la historia:
No volví a saber del Titiritero hasta unos días después, y la impresión
que me produjeron sus palabras no se esfumó en todo ese tiempo. ¿Acaso debía
plantearme un sueño más sensato que el de ser un Hada? Se lo pregunté a la
Cenicero la noche siguiente, cuando Pushkin ya nos había pagado la nómina y yo
estaba deseando poder dársela casi al completo a mis Hadas madrinas. Recuerdo
en detalle la contestación de mi amiga:
–Chico, ¿qué quieres que te diga? Desde luego, el convertirte en Hada no
es un objetivo muy realista en sí mismo...., ¡por algo es un sueño! Sin embargo,
tú lo tienes clarísimo, y sólo por eso ya puedes considerarte afortunado.
–Quizás estés en lo cierto...
Peor es la suerte de aquellos que se pasan la vida entera sin rebatir su
condena, o sin saber siquiera lo que quieren llegar a ser.
–Rosa… ¿Estás bien? –preguntó Sinclair,
sabiendo que comentarios como esos herían profundamente la sensibilidad de su
amiga.
–Sigue leyendo,
por favor…
–No estoy segura de haber querido decir eso último, amigo mío.
–En cualquier caso, no voy a abandonar ahora. He deseado esto desde
siempre, incluso a pesar de que mi Carta Astral dijera que me esperaba un
futuro muy diferente.
–¿Y qué decía esa Carta, Azulão? Nunca hablas de tu pasado…
–Nada, sólo tonterías. A fin de cuentas, según la Astrología nadie vive
para convertirse en Hada. ¿A quién le interesa una ciencia que no intenta
explicar la realidad, sino resumirla en doce únicas posibilidades? A mí no,
desde luego; mi caso es mucho más original.
–¿Como el color de tu pelo?
–Exacto. Y dime, amiga, ¿ya sabes lo que vas ser en el futuro? ¡Porque no
creo que tu Carta Astral dijese “Pluriempleada del Servicio Doméstico”!
–¡Ciertamente que no! Aún no lo sé, e incluso creo que prefiero no llegar
a descubrirlo nunca. Otro de esos “casos originales” de los que hablas puede
ser el de alguien a quien no le interesa decidir sobre su futuro como si fuera
algo inamovible, ¿verdad? Pues aquí me tienes: esa soy yo. Además, ahora lo
único que me importa es llegar a ser algún día la Señora De Sapito… ¡Estoy tan
enamorada!
–¿Ah sí? Pues ya va siendo hora de que traigas aquí a tu novio, que
tenemos ganas de conocerlo. ¿No es así, Pushkin?
El Tabernero se divertía escuchando nuestras conversaciones. Yo no me
cortaba en hacerle saber que nos importaba poco el que cotillease, o que
incluso nos agradaría verle participar más activamente en nuestras chácharas.
–Estáis fatal; algún día os pillará la Guardia Real, y entonces desearéis
haber hecho caso a vuestras Cartas Astrales… –dijo mientras atendía a la
clientela que comenzaba a llegar al bar–, a menos que consigamos ir a huelga,
claro.
–¿Pero dónde dejaste tu espíritu aventurero? ¡Cierto, está encerrado en
tu despacho! Junto a una imprenta de panfletos antimonárquicos y a una emisora
de radio sin licencia… ¿En tu Carta Astral decía que ibas a ser Tabernero,
Locutor y Editor? ¡Debe estar escrita con caligrafía diminuta, con unas letras
pequeñísimas! –dijo la Cenicero, provocándonos la risa a mí y a todos los que
la oyeron.
–¡Bueno, basta ya de tanto hablar! ¡Y a servir copas, si no queréis que
os quite la paga!
El espectáculo estaba próximo a comenzar, así que debíamos darnos prisa
en atender al público. La Cenicero y yo corrimos de un lado a otro cargando
vasos y jarras de cerveza, y nos sentamos en nuestra mesa justo a tiempo para
ver abrirse el telón y apagarse las lámparas de papel. Nos abrazamos para no
chocar a ambos lados de la columna que nos estorbaba y me sentí a punto de
estallar de la emoción; ¡pronto yo también iba a ser un Hada, y entonces
estaría del otro lado de la mesa, sobre las tablas!
–Oye, ¿estás temblando?
–¿Te das cuenta, Ceni? Ha sido un mes de trabajo muy duro, ¡y después del
espectáculo, todos los sacrificios habrán valido la pena!
–Eso espero, amiguito, eso espero…
En el escenario apareció Rubí, vestida con un elegante vestido multicolor
del que caían innumerables plumas rojas y brillantes. También las tenía sobre
la cabeza y las alas de mariposa, haciéndola parecer un ave jurásica. Salió de
entre la docena de plantas que formaban parte del atrezzo, y que hacían de El Caldero de Oro, más que un pequeño
bosque en miniatura, una selva remota y paradisíaca.
Del otro lado del escenario, detrás del frondoso follaje, se alcanzaba a
ver a Esmeralda disfraza de Cazadora, con una escopeta y una red para atrapar a
aquel curioso animal en que había mutado su compañera. Estaba lista para
cantar, mientras acechaba al enorme pájaro mitológico a la vez que sonaban los
primeros compases de
Come Rain or Come Shine, de Harold Arlen y Johnny Mercer (versión de Judy Garland)
–¡Oh, esta canción me la sé! –dijo
Sinclair, y a partir de entonces se tomó la molestia de cantar para Rosa parte
de la letra a través del teléfono.
–¡No, tú
limítate a leer o harás que me dé un ataque de risa!
“Yo voy a amarte como nadie te ha amado,
llueva, truene o relampaguee.
Tan alto como una montaña y tan profundo
como un río,
llueva, truene o relampaguee.”.
“Supongo que cuando me conociste fui tan
sólo una más…
Pero no apuestes en mi contra,
pues te voy ser fiel / voy a ser real, si
me dejas.”.
La Cazadora extendió la red para atrapar a su presa; sin embargo, Rubí se
percató a tiempo de su presencia, la esquivó y tomó las riendas de la canción.
“Tú vas a amarme como nadie me ha amado,
llueva, truene o relampaguee.
Seremos felices juntas, ¡miserables juntas
también!
¿A que estaría bien?”.
“Los días pueden ser nublados o soleados,
podemos o no tener dinero…
Pero yo estaré contigo siempre,
llueva, truene o relampaguee.”.
El Hada roja salió airosa de cada intento de captura, para mayor desesperación
de la torpe Cazadora, que volvió a cantar con más empeño aún.
“Yo voy a amarte, yo voy a amarte…
¡Yo voy a amarte llueva, truene o
relampaguee!
Tan alto como una montaña y tan profundo
como un río;
llueva, truene o relampaguee,
yo voy a amarte, yo voy a amarte, ¡yo voy a
amarte!”.
El Hada verde se lanzó nuevamente sobre Rubí, dando un traspié y cayendo
aparatosamente fuera del escenario. Mientras se recomponía y subía de nuevo, su
compañera escarlata dio la espalda al público, enseñándonos un agujero en su
vestido –quizás un antiguo escopetazo de la Cazadora, según la comedia que
representaban– a través del cual se le veían las bragas. Todos rieron,
hipnotizados por la puesta en escena, por el carisma de las Hadas y por su casi
perfecta sincronización. Yo sentía que el corazón estaba a punto de salirme por
la boca, y no hacía más que dar pequeños botes sobre mi silla cada vez que el
potente vozarrón de alguna de las dos alcanzaba una nota alta.
“Supongo que cuando me conociste fue un
momento cualquiera…
Pero no apuestes en mi contra,
porque voy ser real / fiel / verdadera, si
me dejas.”.
–¡Emil, para ya!
¡Voy a despertar a la paciente de al lado con mis carcajadas!
El guiño que me hizo Rubí después de cantar esa estrofa buscaba
prevenirme de que algo grande estaba a punto de ocurrir; y en efecto, fue
entonces cuando el dúo comenzó a cantar al unísono. El público se puso de pie,
aullando y rompiéndose en aplausos,…
“Voy a ser real si me dejas,
déjame,
déjame…
déjame,
déjame, déjame…”.
…y yo no pude evitarlo; también me levanté de la silla, intoxicada de
adrenalina…
Sinclair se puso
en pie sobre el sofá del salón de su casa, y Rosa hizo lo mismo en la cama del
hospital.
…, ¡y me subí al escenario a cantar con ellas!
“…amarte, ¡déjame amarte!
Llueva, truene…”.
¡Incluso el público comenzó a corearnos!
“… ¡o relampaguee!”.
Pushkin lloraba de la risa tras la barra, y la Cenicero no paraba de
silbarnos con dos dedos metidos en la boca. Yo no sabía si mi intromisión había
enfadado a Rubí y a Esmeralda, pero ya era muy tarde para remediarlo.
Afortunadamente, se dieron cuenta de mi agobio y me dedicaron la siguiente
estrofa, cada una con una mano de uñas verdes o rojas sobre mis hombros:
“Felices juntas, miserables juntas…
¿A que estaría bien?
Los días pueden ser nublados o soleados,
podemos o no tener dinero…”.
Rubí me miró fijamente;
“Estoy contigo, querida”.
Esmeralda me sonrió y me dio un beso en la mejilla,
“Estoy contigo, querida”.
Y cantamos a trío la frase final, mientras El Caldero de Oro se venía
abajo en aplausos, gritos y ovaciones,…
“¡Estoy contigo siempre,
llueva, truene o relampaguee!”.
…y yo sentía que no era voz lo que me salía por la garganta, sino el alma
misma, que durante tanto tiempo había estado dormida, callada, expectante.
Comentarios
Mar
Tremendo clásico para la segunda parte jaja
Emil me agrada ^^ Y el arrebato de Azul salió en el momento justo
Me ocurrió lo mismo con Sinclair. Cuando comenzó la historia, tenía pensado que sólo fuera un personaje secundario..., pero comenzó a gustarme tanto su carácter (y a recordarme tanto a alguien) que decidí darle más protagonismo.
En mi caso, puedo caminar sobre fuego, pero sólo en una cosa soy una cobarde ¬
Sinclair parte siendo atractivo sólo con ese nombre.
El problema viene cuando nos impide hacer algo que realmente nos apetece. Tú descuida, que cuando las ganas de conseguir eso sean mayores que el miedo a intentarlo, la decisión se tornará fácil.
El problema viene cuando nos impide hacer algo que realmente nos apetece. Tú descuida, que cuando las ganas de conseguir eso sean mayores que el miedo a intentarlo, la decisión se tornará fácil.
Gracias
que tengas un excelente dia :D
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